Nadal asalta el Masters entre interrogantes



Pese a la evolución positiva de su rodilla, el número uno debuta esta noche (21.00, contra Goffin) en la Copa de Maestros sin garantías: "En pocos días es difícil arreglar el problema. Solo miro al día a día"


– ¡Qué mal, qué mal! ¡Así no!

– ¿Quieres otro punto o qué, Rafa?

Las embestidas del viento londinense zarandeaban tan fuerte la lona protectora de la pista 2 que por instantes parecía que la cubierta iba a venirse abajo. Ajenos a ese contexto apocalíptico que auspiciaba la hostigadora climatología británica, Rafael Nadal y Pablo Carreño, muy buenas migas entre los dos, decidían quien era el ganador final del entrenamiento en un tie-break que perfectamente podía haberse producido en un partido oficial.

“¡Esta pista tiene huecos!”, protestaba a viva voz el número uno, al que le escuece ceder hasta en un partidillo y que esta noche, frente a David Goffin (21.00, Movistar+ Deportes 2), emprenderá su asalto a la Copa de Maestros con el interrogante de cómo responde esa rodilla que le trae de cabeza en las últimas semanas.

– Se acabó la broma, Pablo. Lo vas a pagar caro…

– Eso habrá que verlo, ¿no?

A la sorna amistosa del gijonés respondió el mallorquín con un serial de estacazos que redondeó un punto magnífico. “Ale, a correr un poquito, ¿eh?”, replicó en tono jocoso Nadal mientras Carreño cogía aliento, escorado en la esquina hasta la que había perseguido en vano una pelota que cogió un ritmo endiablado, el que imprime el balear cuando aprieta y su derecha despide truenos.

Trabajo sin pensar demasiado en lo que puede ocurrir. Si algo malo pasa, me iré a casa



A juzgar por la escena, nadie diría que el tendón rotuliano de su rodilla derecha le hace daño. Nadal se ejercita siempre con tantísima voluntad que no escatima ni bajo la amenaza de que el esfuerzo pueda pasarle factura. Sin embargo, la dolencia que le mermó en la final de Shanghái contra Roger Federer, impidió su presencia en Basilea y le forzó al abandono en la tercera ronda de París-Bercy, hace dos semanas, ha traducido su participación en el torneo de los maestros en toda una incógnita. Nadal quiere, pero ni él mismo sabe hasta dónde le permitirá llegar el contratiempo físico.

Dice el mallorquín sentirse bien, pero al mismo tiempo remite al plazo más inmediato y los interrogantes siguen en el aire. “Si estoy en Londres es para ganar”, indicó el pasado jueves. “Pero la rodilla todavía me molesta y no sé lo que pasará. En pocos días es difícil arreglar el problema. Solo puedo decir que estoy aquí y que la idea es competir, de lo contrario no hubiera venido. Miro el día a día y trabajo sin pensar demasiado en lo que puede ocurrir. Si algo malo pasa, me iré a casa”, continuó la mañana siguiente, en la que reprodujo otra frase que contradijo lo que uno de sus técnicos, Carlos Moyà –“Rafa se retiró en París por precaución”–, había expresado desde Milán dos jornadas antes: “Si me retiré no fue por precaución, sino porque me dolía”.
Plan progresivo de rehabilitación

En cualquier caso, la actualidad de Nadal pasa exclusivamente por el día a día y el partido a partido. No proyecta el número uno más allá de las 24 horas ni el test a test. Hasta que no se mida hoy al belga Goffin (2-0 en los precedentes) y juegue con fuego real no sabrá exactamente en qué punto está la articulación. El mallorquín ha seguido un plan exprés de recuperación destinado sobre todo a paliar el dolor, porque su lesión, una “tendinitis por carga de estrés”, requiere de reposo continuado para que desaparezca por completo.

El número uno ha ido mejorando progresivamente. Después de una revisión en Barcelona y unos días de descanso en Mallorca comenzó a correr y pelotear; luego incrementó el ritmo y empezó a ensayar maniobras más agresivas como el servicio al llegar a Londres, porque antes sufría mucho en el apoyo de la caída; y a lo largo del fin de semana se ha ejercitado a un nivel prácticamente ordinario, hasta el punto de que en la primera sesión en la pista central del O2, el sábado, el alemán Alexander Zverev le reclamaba que aflojase un poco.

Esta es la circunstancia hoy: el dolor existe, pero el deseo de levantar la Copa de Maestros le empuja. Solo queda comprobar qué margen concede el tendón, la reacción, algo que hasta que no pise la pista y vaya compitiendo queda entre interrogantes porque nadie conoce mejor la posible respuesta que el propio Nadal. Ayer abandonó el área de entrenamiento a la carrera y empapado en sudor, en camiseta pese a las corrientes heladoras de la península de Greenwich. Esa celeridad es el mejor reflejo de su presente.